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Las adicciones han acompañado al ser humano desde el inicio de la historia.
Distintas culturas han recurrido al consumo de sustancias como el tabaco, el alcohol, la coca, la marihuana, el opio o diversos preparados psicoactivos, ya sea con fines rituales, medicinales o recreativos.
Se trata de una situación más habitual de lo que parece, de la que, sin embargo, no se suele hablar, sobre todo, cuando supone un problema grave.
Durante mucho tiempo, se ha sostenido la idea de que el consumo es una elección consciente, vinculada al ocio o la búsqueda de placer, o dicho de otro modo “que una persona se droga porque quiere pasárselo bien y ya está”, aparte de “estar muy mal vista” por ello.
Sin embargo, desde el conocimiento clínico actual y mi experiencia en el acompañamiento terapéutico, se sabe que la adicción es solo una manifestación visible de conflictos más profundos que necesitan ser abordados.
Las adicciones son un concepto complejo y con múltiples dimensiones, caracterizado por el impulso poderoso e irrefrenable de consumir ciertas sustancias o de repetir determinadas conductas, aun cuando estas generen consecuencias negativas tanto para la persona como para su entorno.
Se caracterizan, principalmente, por una pérdida de control sobre el consumo o la conducta, una fuerte necesidad de repetirla y la dificultad para dejarla, incluso cuando provoca daño. Suelen generar dependencia física y psicológica (malestar si no lo hace), tolerancia (necesita más para sentir lo mismo), afectan el funcionamiento de la vida cotidiana y se acompañan de un alto riesgo de recaídas.
Adicciones con sustancia
El alcohol, el tabaco, el cannabis, la cocaína, las drogas de diseño, la heroína o algunos psicofármacos, como las benzodiacepinas o los opiáceos.
Adicciones sin sustancia
(o adicciones comportamentales)
El juego, las apuestas deportivas, las nuevas tecnologías (Internet, videojuegos, móvil, redes sociales), el trabajo, el sexo, la prostitución, las compras, la comida o el deporte.
Además, una conducta adictiva no suele ir sola, sino que en una misma persona pueden presentarse al mismo tiempo varias conductas adictivas,
lo que se conoce como policonsumo o poliadicción.
El cerebro tiene un sistema natural de recompensa que se activa cuando hacemos algo que nos hace sentir bien, como comer, hacer ejercicio o recibir afecto. Algunas sustancias o comportamientos adictivos, como el alcohol, las drogas o el juego, activan ese sistema de una forma mucho más intensa de lo normal. Esto provoca una gran liberación de dopamina, el “químico del placer”, que hace que el cerebro asocie esa acción con algo muy positivo.
Con el tiempo, el cerebro empieza a necesitar cada vez más de esa sustancia o actividad para sentir el mismo nivel de bienestar. Además, se va volviendo menos sensible a otras cosas que antes también generaban placer. Por eso, muchas personas con adicción sienten que ya nada más les motiva o les hace sentir bien, salvo aquello a lo que son adictas.
A nivel emocional, muchas personas desarrollan una adicción como una forma de escapar de situaciones difíciles, como el estrés, la tristeza, la ansiedad o incluso experiencias traumáticas. La conducta adictiva puede convertirse en una especie de «refugio» que alivia momentáneamente el malestar, aunque a la larga cause más problemas.
Además, la forma en que una persona piensa también influye. Por ejemplo, pueden aparecer ideas como «no puedo soportar esto sin consumir» o «una vez más no me hará daño», lo que alimenta el ciclo de la adicción. La baja autoestima, la impulsividad o la dificultad para manejar emociones también pueden aumentar el riesgo de caer en este tipo de conductas.
El entorno también desempeña un papel crucial. La disponibilidad y accesibilidad a las sustancias, la presión social, las normas culturales y las experiencias de vida (como el trauma o el abandono) influyen en el desarrollo de las adicciones.
Un entorno donde el consumo es normalizado, la baja percepción de riesgo o situaciones de conflicto familiar también pueden facilitar la aparición de patrones adictivos.
Mi trabajo se centra en detener el consumo, en explorar y comprender qué lo sostiene, qué función cumple en tu vida y cómo construir nuevos hábitos de vida saludables.
Mi método se basa en una atención integral y personalizada, tanto a la persona como a su entorno, ya que, aunque el cambio principal lo realiza la propia persona, este también involucra a quienes la rodean.
Recuperarás el control de tu vida, dejando atrás la abstinencia y la dependencia.
Trabajarás en las causas que te llevaron al consumo y en los factores que lo sostienen.
Mejorarán tus vínculos con los demás, tanto en lo familiar como en lo social y lo laboral.
Aprenderás a dejar de juzgarte y comenzarás a entenderte, fortaleciendo tu autoestima y confianza.
Descubrirás nuevas formas de manejar tus emociones, más sanas y respetuosas contigo.
Construirás una versión equilibrada de ti, con mayor bienestar y estabilidad emocional.
Aprenderás a ser más asertivo, a establecer límites, a evitar situaciones de riesgo y a cambiar las creencias irracionales en torno al consumo.
Establecerás una vida fuera del consumo, a largo plazo y de forma definitiva.
Cambiarás tus creencias irracionales acerca del consumo en ideas más adaptativas y realistas.